Luis y Laura, Laura y Luis, se habían jurado amor eterno. No comprendían cómo habían podido vivir hasta entonces sin ese amor fogoso. No sólo era pasión, era amor profundo, del que se siente en el alma, en la piel, en todas partes. Pero bastaron unas vacaciones para que aquél amor naufragara. Siete días de convivencia veinticuatro horas hicieron que se cayeran las vendas de los ojos, de los corazones, sacaron a la luz todos los defectos, todos los problemas, todas las desconfianzas. Cada uno piensa, “¿cómo pude estar tan deslumbrado, tan enamorado, de alguien que en realidad no merece la pena?”
Joaquín había tenido mucha suerte en la vida. Era rico desde el mismo día en que nació, ya que su abuelo fue empresario, su padre rentista y él inversionista. Compraba y vendía terrenos rústicos, recalificaba; compraba y vendía viviendas, especulaba; prestaba dinero con grandes intereses, usuraba. Tenía muchos millones en el Banco. Una mala inversión lo ha llevado a la ruina. Joaquín se ha quedado sin nada. Incluso su vivienda se la ha embargado un Juzgado. Se dice a sí mismo “¡qué mala suerte he tenido en la vida, todo me ha salido mal!”
Marina gozaba de una excelente salud, nunca había tenido ninguna enfermedad, nunca había estado ingresada en un Hospital. Quitando algunos catarros invernales, su salud siempre había sido de hierro. De repente, le han detectado un cáncer de piel muy avanzado, con muchas metástasis, y le han dicho que no hay nada que hacer. Se pregunta “¿por qué me ha tocado a mi?”
Salud, dinero y amor. Creemos que todo es seguro, pero todo está en el aire. Ni la salud, ni el dinero, ni el amor son eternos, están sujetos por unos débiles hilos, que se rompen en cualquier momento. Una ráfaga de aire y todo se va al garete. Creemos que es el amor perpetuo y sólo dura unos meses. Pensamos que tenemos la vida resuelta y cualquier crisis hace que perdamos la seguridad de un trabajo. Nos comemos el mundo, y una enfermedad nos hace darnos cuenta de que la vida no es para siempre.
En muchos países hispanoamericanos se distingue entre “ahora” y “ahorita”. “Ahora” es ahora, en este momento, ahora mismo. Cuando alguien te dice “ahorita” es que no tiene ninguna intención de hacerlo. Ahorita significa nunca, cuando me dé la gana, cuando termine de hacer lo que estoy haciendo, cuando me haya aburrido de no hacer nada, mañana, pasado mañana, el mes que viene. Ahorita es una palabra del diablo, el favorito refugio de los vagos, la sima que se traga los proyectos. Cuando la escucho me empieza a salir humo de las orejas. “Ahorita, no. Ahora”, suelo decir cuando alguien me dice esa frase.
Muchas personas suelen dejar su vida en un “ahorita” permanente. Ya disfrutaré cuando me jubile, cuando termine de hacer este trabajo, cuando tenga dos hijos, cuando tenga dinero, cuando tenga pareja, cuando me separe, cuando, cuando, cuando… La vida sólo es posible vivirla ahora. El que pretende vivir su vida “ahorita”, se habrá quedado sin salud, dinero y amor.
“Ahorita, no. Ahora”.